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Gisèle Pelicot: “No podía imaginar que ese hombre me estuviera manipulando”

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Gisèle Pelicot, la mujer de nacionalidad francesa que fue drogada y violada en reiteradas ocasiones por personas que su propio esposo, Dominique Pelicot, invitaba a su dormitorio mientras ella se encontraba bajo los efectos de fuertes sedantes, expresó: “Era una muñeca de trapo, estaba anestesiada”.
El engaño, que se extendió desde 2011, salió a la luz recién en 2020 cuando el hombre fue sorprendido filmando debajo de las polleras de mujeres en un supermercado. Tras el arresto, la investigación policial permitió descubrir archivos que documentaban abusos contra Gisèle por parte de, al menos, 70 hombres, grabaciones que su marido realizó y conservó meticulosamente a lo largo de los años.
Durante una entrevista de tres horas en París, Pelicot realizó un recuento honesto de su matrimonio y del costo que pagó por el abuso y el posterior juicio, manifestando que su objetivo es que su historia sirva a los demás.
Al recordar el momento en que la policía le reveló la verdad, la víctima describió un estado de disociación absoluta: “Era una muñeca de trapo. Estaba completamente anestesiada. Al ver lo que me hacían esos hombres, ¿cómo es posible que mi cuerpo no sintiera nada?”. Pelicot confesó que, de no haber tenido lagunas de memoria durante el proceso, probablemente se habría suicidado ante la magnitud de la traición.
La manipulación de Dominique Pelicot llegaba al punto de acompañar a su esposa al neurólogo cuando ella comenzó a experimentar desmayos y pérdidas de memoria inexplicables, síntomas que los médicos inicialmente confundieron con indicios tempranos de Alzheimer.
A pesar de los signos evidentes de deterioro físico, ella confiaba plenamente en quien era su compañero desde 1971. “Confiaba tanto en él que no podía imaginar que ese hombre me estuviera manipulando”, afirmó Gisèle, al señalar la profundidad del vínculo que creía tener con una persona a la que consideraba un hombre amable y cariñoso.
El impacto de los crímenes no se limitó a la pareja, sino que destruyó la estructura de toda una familia, al tiempo que las otras víctimas eran sus tres hijos y sus nueras, de quienes el agresor también poseía fotos íntimas obtenidas sin consentimiento.
En la entrevista también se refirió a su decisión de permitir que las audiencias del juicio sean abiertas. Como víctima de violación en Francia, la mujer tenía derecho a un proceso judicial a puerta cerrada y sin medios de comunicación. Sin embargo, optó porque sea público.
“Durante más de cuatro años, cargué con esta vergüenza”, dijo Pelicot en la entrevista. “Y sentí que era como un doble castigo para las víctimas y un sufrimiento que nos imponíamos a nosotras mismas”.
Cuenta que cuando entendió eso no necesitó tiempo para tomar la decisión. “Nunca me he arrepentido de mi decisión, ni una sola vez. También fue un mensaje para todas las víctimas que no se atreven a hacer lo mismo… Podría darles un poco de la fuerza que encontré en mí”.
En las audiencias judiciales, Pelicot se vio obligada a confrontar a sus agresores, hombres de entre 22 y 70 años que, en su mayoría, negaron la violencia de sus actos. Sobre el comportamiento de los acusados en el estrado, la mujer destacó la frialdad del proceso y la falta de empatía: “Había entendido que no me iba a rendir. Todos intentaron quebrarme”.
«Pasas por el infierno en un tribunal. Realmente eres humillada», dijo y lo calificó como “juicio de la cobardía”.
“No querían asumir lo que habían hecho”, agregó en referencia a los 50 hombres a los que su esposo había permitido abusar de ella.
Por último también manifestó “necesito encontrarme con él para obtener respuestas. No sé si lo haré, pero necesito mirarlo a los ojos”.


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El engaño, que se extendió desde 2011, salió a la luz recién en 2020 cuando el hombre fue sorprendido filmando debajo de las polleras de mujeres en un supermercado. Tras el arresto, la investigación policial permitió descubrir archivos que documentaban abusos contra Gisèle por parte de, al menos, 70 hombres, grabaciones que su marido realizó y conservó meticulosamente a lo largo de los años.
Durante una entrevista de tres horas en París, Pelicot realizó un recuento honesto de su matrimonio y del costo que pagó por el abuso y el posterior juicio, manifestando que su objetivo es que su historia sirva a los demás.
Al recordar el momento en que la policía le reveló la verdad, la víctima describió un estado de disociación absoluta: “Era una muñeca de trapo. Estaba completamente anestesiada. Al ver lo que me hacían esos hombres, ¿cómo es posible que mi cuerpo no sintiera nada?”. Pelicot confesó que, de no haber tenido lagunas de memoria durante el proceso, probablemente se habría suicidado ante la magnitud de la traición.
La manipulación de Dominique Pelicot llegaba al punto de acompañar a su esposa al neurólogo cuando ella comenzó a experimentar desmayos y pérdidas de memoria inexplicables, síntomas que los médicos inicialmente confundieron con indicios tempranos de Alzheimer.
A pesar de los signos evidentes de deterioro físico, ella confiaba plenamente en quien era su compañero desde 1971. “Confiaba tanto en él que no podía imaginar que ese hombre me estuviera manipulando”, afirmó Gisèle, al señalar la profundidad del vínculo que creía tener con una persona a la que consideraba un hombre amable y cariñoso.
El impacto de los crímenes no se limitó a la pareja, sino que destruyó la estructura de toda una familia, al tiempo que las otras víctimas eran sus tres hijos y sus nueras, de quienes el agresor también poseía fotos íntimas obtenidas sin consentimiento.
En la entrevista también se refirió a su decisión de permitir que las audiencias del juicio sean abiertas. Como víctima de violación en Francia, la mujer tenía derecho a un proceso judicial a puerta cerrada y sin medios de comunicación. Sin embargo, optó porque sea público.
“Durante más de cuatro años, cargué con esta vergüenza”, dijo Pelicot en la entrevista. “Y sentí que era como un doble castigo para las víctimas y un sufrimiento que nos imponíamos a nosotras mismas”.
Cuenta que cuando entendió eso no necesitó tiempo para tomar la decisión. “Nunca me he arrepentido de mi decisión, ni una sola vez. También fue un mensaje para todas las víctimas que no se atreven a hacer lo mismo… Podría darles un poco de la fuerza que encontré en mí”.
En las audiencias judiciales, Pelicot se vio obligada a confrontar a sus agresores, hombres de entre 22 y 70 años que, en su mayoría, negaron la violencia de sus actos. Sobre el comportamiento de los acusados en el estrado, la mujer destacó la frialdad del proceso y la falta de empatía: “Había entendido que no me iba a rendir. Todos intentaron quebrarme”.
«Pasas por el infierno en un tribunal. Realmente eres humillada», dijo y lo calificó como “juicio de la cobardía”.
“No querían asumir lo que habían hecho”, agregó en referencia a los 50 hombres a los que su esposo había permitido abusar de ella.
Por último también manifestó “necesito encontrarme con él para obtener respuestas. No sé si lo haré, pero necesito mirarlo a los ojos”.


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