¿Como depositar en casinos con cuenta Mach? En Dadosbet es facil y rapido. Carga saldo en minutos y juega en pesos chilenos sin complicaciones. Registrate y pruebalo hoy.
Reclama tu bono de registro: https://chilenobet.com/



La violencia de género tiene un largo recorrido y muchas mujeres que atraviesan diferentes situaciones logran identificarlas como tal recién después de una separación. Estas dinámicas, según explica la psicóloga Carolina Ricciuti (M.N. 41.492), especializada en trauma relacional y recuperación del abuso emocional y narcisista, suelen instalarse de manera progresiva, generando un profundo impacto en la autoestima de las víctimas.
En algunos casos, sin embargo, la ruptura de la pareja no significa el final de la violencia, sino el comienzo de una nueva etapa. Es allí donde Ricciuti ubica el concepto de violencia vicaria, acuñado por la psicóloga Sonia Vaccaro en 2012 para describir una modalidad de violencia de género en la que hijos e hijas “son usados” como instrumento para dañar a las madres. “Son niños que no están siendo protegidos”, señala la especialista al describir el impacto de estas dinámicas sobre las infancias.
Susana Ruberto, presidenta de la Asociación M.A.M.I., hoy Colectivo M.A.M.I.; Victoria Ferraiuelo, coordinadora del Frente Nacional contra la Violencia Vicaria (FNCVV) en Argentina; Bárbara Palladino y Fiorella Garriga y Bonino, atraviesan historias diferentes, pero comparten una experiencia: la violencia vicaria irrumpió en sus vidas después de separarse y transformó la relación con sus hijos en su principal escenario de daño.
En el caso de Susana Ruberto, la violencia dio paso a denuncias y al progresivo alejamiento de su hijo. “En una visita, retiene a mi hijo y van a denunciar diciendo que soy violenta y maltratadora. Ahí caigo en un shock porque no entendía lo que pasaba”, recuerda. El proceso de revinculación tampoco logró revertir la situación: “Pasaron tres años y medio para la revinculación, a la que mi hijo fue solamente dos veces”.
Victoria Ferraiuelo atravesó durante diez años un pedido de restitución internacional impulsada por su expareja desde España, un proceso que condicionó su vida cotidiana y la de su hijo. “Aprendimos a vivir en el hoy, con la incertidumbre de no saber qué va a pasar mañana”, resume.
Bárbara Palladino describe cómo el vínculo con su hijo mayor se fue deteriorando con el tiempo. “De lunes a viernes era un chico amoroso, pero después de los fines de semana volvía con mensajes agresivos”, recuerda. El conflicto llegó a un punto de quiebre: “Se lo llevó con lo puesto del colegio a las 11 de la mañana, y no lo vi nunca más”. Para ella, una de las consecuencias más profundas de este proceso es que “se pone el foco en los adultos, pero se pierde de vista que sus infancias fueron marcadas”.
La ruptura también fue abrupta para Fiorella Garriga y Bonino. “Me sacó a mi nena mayor, de 10 años en ese momento, por la ventana, literalmente”, relata. Después de un año y medio de denuncias y falta de respuestas, decidió restablecer el diálogo con su expareja para intentar recuperar el contacto con su hija. El reencuentro también permitió que los hermanos volvieran a verse: “Mis hijos se abrazaron inmediatamente, porque había sido un año y medio sin verse los hermanos, se extrañaban un montón”.
Para la psicóloga Carolina Ricciuti, estas dinámicas tienen consecuencias profundas en las infancias. Explica que, cuando los chicos crecen en contextos atravesados por este tipo de violencia, “se vulneran sus derechos, sus necesidades y sus emociones”, además de quedar expuestos a “conflictos de lealtades difíciles de procesar”. Y advierte que estas experiencias pueden provocar “un daño profundo a su autoestima” y afectar la construcción del vínculo con la figura materna, especialmente cuando los conflictos se prolongan en el tiempo.
Aunque las historias de Susana Ruberto, Victoria Ferraiuelo, Bárbara Palladino y Fiorella Garriga y Bonino transcurrieron en contextos diferentes, todas coinciden en un aspecto: el paso del tiempo se convirtió en un factor que profundizó el daño.
Victoria lo resume con una imagen contundente. “Fueron diez años. En mis escritos nos referíamos a un niño de tres años y medio y terminamos hablando de un preadolescente de 13”, cuenta sobre el pedido de restitución internacional. El conflicto recién logró resolverse en 2025 a través de un acuerdo entre las partes. “Te das cuenta de lo largos que son los procesos judiciales y cómo te consumen”, agrega.
El tiempo también atraviesa la historia de Susana. Su hijo hoy tiene 21 años y, según relata, el vínculo continúa interrumpido: “Después de cinco años volvió a retomar el vínculo con mi familia. Conmigo no quiere saber nada. Ni ahora que sabe que estoy enferma”.
En el caso de Bárbara, las instancias de revinculación también encontraron obstáculos. A pesar de ello, sostiene la expectativa de poder reconstruir el vínculo con su hijo. “Sé que con amor voy a poder recuperarlo. Va a costar muchísimo, pero es lo que me lleva a no bajar los brazos”.Fiorella también recuerda cómo la búsqueda de respuestas terminó modificando su vida cotidiana. “Mi trabajo se había vuelto ir al juzgado, ir al servicio local. No importaba que me rechazaran”, cuenta. En medio de ese recorrido decidió empezar a estudiar Derecho: “Me fui armando para llegar a lo que quería: volver a mi hija”.
Al respecto, la psicóloga destaca que el desgaste que producen estos procesos va mucho más allá de los aspectos judiciales o económicos. El abuso emocional sostenido en el tiempo puede generar trauma relacional, un estado permanente de alerta y sentimientos de culpa y confusión que llevan a muchas mujeres a preguntarse qué hicieron para atravesar una situación así.
“En realidad no hicieron nada. La otra persona busca controlar, castigar y hacer daño”, sostiene la especialista. Lo cierto es que, mientras los expedientes avanzan, los hijos crecen y se acumulan distintos momentos compartidos que ya no pueden recuperarse. «